Por fin me había decidido. Estaba dispuesta a donar sangre. Con un angelito a la derecha diciéndome “tienes que hacerlo” “ no te costará nada” “ ¿Y si lo necesitas tú algún día” y mi angelito no tan bueno pero un poco más sabio decía “¡pero loca! ¡ Si la última vez que te cortaste con un cristal casi te desmayas!”. Angelito bueno ha ganado a angelito no tan bueno, como era de esperar.
Y he bajado. El médico me dice que puedo donar. Me tumbo en la camilla, las chicas de la cruz roja me tranquilizan y todo bien. Después de unos 30 minutos (debo tener la vena más pequeña de la historia), todo parecía perfecto. Excepto que tenía una reunión a la que llegaba tarde y me estaban esperando en recepción. Igual debía de haber esperado un poco más, pero nada, el agobio pudo conmigo.
Y según estaba llegando al a mesa de recepción, llena de gente, caigo al suelo. Si, en mi línea. Todo un show a hora punta. Médicos, dos horas tumbada, mucho azúcar, y una buena excusa para tomar donettes, sólo puedo decir que soy una blandengue.